Polémicas en curso

Sobre «Más allá del principio del placer» (Freud, 1920).

Aarón ha propuesto trabajar este texto de Freud.

Dos aclaraciones preliminares sobre el concepto de ‘pulsión de muerte’, por Eva Parrondo.

La pulsión de muerte frena a la muerte.
Vicente Mira.

1. La pulsión de muerte tiene que ver con la vida.

Freud introduce el concepto de pulsión de muerte en su artículo de 1920 Más allá del principio del placer. Como él mismo señala, elabora el concepto de pulsión de muerte a partir de “ciertas especulaciones sobre el origen de la vida” (el malestar en la cultura, p. 3050), que provienen del artículo de 1911 de Sabina Spielrein “La destrucción como causa del nacimiento”.
Para explicar la pulsión de muerte como aquello que estaría más allá del principio del placer, Freud establece una comparación entre “el principio del placer” y esa “tendencia” de los organismos vivos hacia el Nirvana, a que la energía retorne a un estado de reposo absoluto o equilibrio universal.
Si en el principio del placer de lo que se trata es de un “retorno a lo inanimado”, de la aspiración a alcanzar el Nirvana, de alcanzar el equilibrio, de vivir con la menor perturbación posible; con el concepto de pulsión de muerte de lo que se trata es de explicar por qué el principio del placer falla (más allá, p. 2536): por qué es tan difícil retornar a lo inanimado, alcanzar el ‘equilibrio’, lograr la ‘homoestasis del yo’.
Es para explicar el fracaso de los humanos a la hora de alcanzar el equilibrio, a la hora de intentar regresar a “una fase temprana del sentido yoico”, cuando el yo es todo, cuando el narcisismo es ilimitado (malestar, p. 3020 y p. 3022), que Freud introduce la idea de que más allá de este principio del placer, está Thánatos, la pulsión de muerte, un impulso destructor que “actúa constantemente” de forma silenciosa en nuestras vidas (malestar, p. 3050) y que hace fracasar la idea del Nirvana, la idea de que la energía tiende hacia el equilibrio o la “creencia en la interior regularidad del morir”, las cuales para Freud no son sino ilusiones religiosas-infantiles creadas “para soportar la pesadumbre del vivir” (más allá, p. 2529).
Entonces, a pesar del nombre, la pulsión de muerte no tiene que ver con la muerte, como destino final de la vida, sino que tiene que ver, por el contrario, con lo que retrasa el final de la vida. La pulsión de muerte trata de explicar ciertas “vivencias humanas”, ciertos procesos de “la vida anímica”, que justamente nos impiden alcanzar la satisfacción de la tendencia a apartarnos de “la rosada luz del día” (malestar, p. 3023), a sacrificar la vida en aras de “la felicidad del reposo absoluto” (malestar, p. 3026).
Por tanto, si bien la pulsión de muerte nombra esa “tendencia constitucional de los hombres a agredirse mutuamente” (malestar, p. 3065) porque para el ser humano el prójimo representa “un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo” (malestar, p. 3046), Freud se vale de este concepto no sólo para explicar fenómenos como la guerra o la hostilidad entre los sexos sino también para explicar “fenómenos vitales” (malestar, p. 3050): Thánatos, la destrucción y la violencia, la “porción de indomable naturaleza” de los seres humanos (malestar, p. 3031), está en el origen de la vida, en el núcleo de toda creación1, en la lucha por la supervivencia y en la feliz imposibilidad para el ser humano de ser completamente integrado en el orden social.

2. La pulsión de muerte no es algo “malo”.

El concepto freudiano de pulsión de muerte es un concepto muy polémico que resulta “problemático” incluso para muchos psicoanalistas. La causa principal de la cautela o incluso del rechazo con respecto a este concepto es nuestra tradición moral y filosófica, la cual se basa en una distinción neta entre El Bien y El Mal.
Es debido a esta impronta cultural que impera la tendencia a hacer equivaler la pulsión erótica-amorosa al Bien y la pulsión de muerte-destructora al Mal. O en otros términos, impera la tendencia a ver el placer erótico como «lo bueno»; y a ver el goce pulsional como «lo malo», como lo que forma parte de nuestro «lado oscuro»2.
Sin embargo, no podemos entender la pulsión de muerte por medio de estos parámetros morales de la ética filosófica tradicional. No sólo porque para Freud la pulsión erótica y la pulsión de muerte “se amalgaman entre sí” (malestar, pp. 3050-3051) sino también porque para Freud, como hemos visto, la pulsión de muerte es el motor que se sitúa detrás de la “necesidad del ser vivo de pasar por los caminos de la vida” (Lacan, seminario 2, p. 128).
Es por ello que Freud no sólo considera “inútiles” todos los propósitos para “eliminar las tendencias agresivas del hombre” (el por qué de la guerra, p. 3213) –la idea de eliminar «la agresividad humana» es «irrealizable» (malestar, p. 3066)sino que también considera que esta hipotética posibilidad de acabar con la tendencia a la destrucción del prójimo “tampoco es en absoluto deseable” (análisis terminable o interminable, p. 3345).
La pretensión cultural, eminentemente moralista, de acabar con las crueles tendencias destructoras de los seres humanos es para Freud indeseable principalmente por tres motivos:

a) “el ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena” (el por qué de la guerra, p. 3213).

b) la pulsión de muerte nos protege de la autodestrucción masoquista: cuando una parte de la pulsión de muerte “se orienta contra el mundo exterior, manifestándose entonces como impulso de agresión y destrucción” está puesta “al servicio del Eros, pues el ser vivo destruiría algo exterior, animado o inanimado, en lugar de destruirse a sí mismo” (malestar, p. 3050).

Parece realmente como si tuviéramos que destruir otras cosas y a otros seres para no destruirnos a nosotros mismos, para protegernos contra la tendencia a la autodestrucción. ¡Triste descubrimiento para los moralistas! (nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, p. 3160).

c) el ideal «cultural» de acabar con la pulsión de muerte, con la violencia humana, es la expresión más peligrosa de la pulsión de muerte, dado que este ideal deja «expuestas a ciertos daños la salud y la energía vital individuales» (la moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna, p. 1249).
Independientemente de que este ideal, que «impide utilizar al sujeto en la vida gran parte de sus componentes instintivos destructores» (el problema económico del masoquismo, p. 2758), se imponga vía los preceptos cristianos basados en el ‘amor al prójimo’ o vía ese feminismo puritano que, como el comunismo, se basa en “el principio abstracto de igualdad” (malestar, p. 3047), el hecho es que el sometimiento incondicional a este ideal produce “una necesidad inconsciente de castigo” (malestar, p. 3061), necesidad que hace que los sujetos no se percaten de que utilizan a los otros para hacer recaer sobre sí mismos la ciega violencia sádica que habita en su super-yo.

Notas:

1Dado que la pulsión de destrucción “pone en duda todo lo que existe”, ella “es igualmente voluntad de creación a partir de nada, voluntad de recomienzo”. Lacan, El Seminario 7. La ética del psicoanálisis, p. 257.

2 Véase, por ejemplo, Alain Badiou, Ethics. An essay on the understanding of evil (1993), Verso, Londres y NY, 2002, p. 91.